A sus 92 años, Juan Sánchez Martínez, conocido en Moratalla como Juan del Cobo,
ha protagonizado una hazaña que ya forma parte de la historia del municipio y de la
artesanía tradicional: la confección totalmente manual de una cuerda de 1.300 metros
de longitud, superando ampliamente el récord mundial vigente desde 2005,
establecido en 251 metros.
La solicitud para su reconocimiento ha sido oficialmente admitida por Guinness World
Records, y el logro será documentado el próximo sábado 28 de febrero en un
reportaje especial de la Televisión de Moratalla, en un acto simbólico que reunirá a
familiares, amigos y vecinos del municipio.
Más allá de las cifras, esta es una historia profundamente humana.
Tras el fallecimiento de su esposa, Juan se trasladó a vivir con su hijo mayor y su
familia. La pérdida fue dura y, para ayudarle a sobrellevar el duelo, su hijo lo animó a
regresar a sus orígenes: la huerta de Moratalla, el cuidado del ganado y un oficio que
lo ha acompañado desde niño, hacer cuerda con sus propias manos.
Cada día, por la mañana y por la tarde, antes o después de atender a los animales,
Juan se sienta bajo un sencillo techado. Con apenas un tronco de madera como mesa,
unas tijeras y un cuchillo, y el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante, comienza a
trenzar. Metro a metro. Día tras día.
Durante años, las cuerdas que elaboraba eran regalos para vecinos, amigos y
conocidos. De distintos colores y tamaños, siempre hechas con el mismo cuidado.
Pronto la familia comprendió que aquel gesto repetido era también una forma de
evadirse del dolor. Dos de sus nietos comenzaron entonces a bajarle sacos de hilo
para que nunca le faltara material.
La idea del récord surgió casi como una broma. Un día, el tercero de sus nietos le
preguntó cuántos metros llevaba hechos. Juan respondió que muchísimos, que llevaba
toda la vida trenzando cuerda, desde los siete años, cuando comenzó a trabajar. “Si
juntara todas las cuerdas que he hecho en mi vida, sería interminable”, comentó.
Entre bromas y admiración, el nieto le sugirió que quizá podría presentarse al
Guinness World Records. Juan, ingenuamente, preguntó qué era eso del
“Guinness”, y tras la expliación, la conversación quedó ahí.
Semanas después, el mismo nieto regresó y notó algo distinto. La cuerda ya no estaba
pensada para regalar. Había un pequeño montón en el suelo… y seguía creciendo.
Juan había tomado una decisión silenciosa: crear la cuerda más larga que jamás
hubiera hecho. No por un récord ni por reconocimiento, sino porque quería seguir
haciendo lo único que siempre supo hacer. Sin saberlo, estaba construyendo una
hazaña.
Hoy, esa cuerda alcanza los 1.300 metros, todos realizados a mano, sin máquinas,
con una paciencia infinita y la sabiduría que solo dan los años. Al conocer la magnitud
del logro y comprobar que el récord mundial vigente correspondía a una soga de 251
metros realizada en Corea del Sur en 2005, su nieto decidió inscribirlo oficialmente en
el Libro Guinness de los Récords.
El acto final, que será grabado por la televisión local, reunirá a varias generaciones de
su familia: desde sus bisnietos —de apenas cuatro meses, dos y siete años— hasta el
propio Juan, que será el punto final de la cuerda, en una imagen cargada de
simbolismo y legado.
Porque esta no es solo la historia de una cuerda.
Es la historia de un niño que quedó huérfano de padre a los seis años y tuvo que
ponerse a trabajar. De un hombre que aprendió a leer y a escribir después de largas
jornadas laborales. De alguien que no tuvo una vida fácil, pero que hizo todo lo posible
para que su familia sí la tuviera.
