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CUANDO LA PARROQUIA DEJO DE SER CEMENTERIO

Fue en el siglo XIII cuando comenzó la costumbre de enterrar a los difuntos en el interior de las iglesias. Según la “categoría” del fallecido -bien por cuna, oficio, poder económico o cualquier otro privilegio- el cuerpo era enterrado más cerca del altar. Para los menos afortunados, pobres e indigentes, y para suicidas y niños no bautizados, había lugares especiales. Era evidente que conforme transcurrieron los años y ante el aumento demográfico, resultaba imposible continuar enterrando a tanta gente en un espacio tan limitado, aunque periódicamente se realizara la “monda de cuerpos”, exhumando los cadáveres y recuperando los huesos para depositarlos en el osario del templo, dejando así lugar para nuevos fallecidos; era una solución, pero bastante insalubre. (En las últimas obras realizadas en nuestra parroquia, en la zona del coro, aparecieron gran cantidad de huesos “culpables”, en cierto modo, de la constante humedad existente en dicha zona, dada su proximidad a la calle. Todos los huesos aparecidos, fueron oportunamente trasladados al cementerio).
Al parecer, la epidemia de peste originada en la parroquia de Pasajes (Guipúzcoa) en marzo de 1781 debida a la gran cantidad de cadáveres allí enterrados, motivó el desmonte del tejado para su ventilación ante el hedor que se desprendía. Esto apresuró al gobierno de Carlos III a tomar medidas oportunas, promulgándose la Real Célula de 3 de abril de 1787, en la cual se prohibían los enterramientos intramuros y se ordenaba la construcción de cementerios fuera de las poblaciones. La cédula de 1787 es importante por ser la primera indicación de construcción de recintos específicamente dedicados a la recepción de cadáveres, y por su evidente concepto de velar por la salud pública de los ciudadanos En este documento se destaca la relevancia permitida al elemento confesional, comprensible por el monolitismo religioso nacional: los cementerios dependerán de las parroquias y se empleará el ritual romano, señalando éste excepciones en la familia real, clero y elementos importantes de la sociedad (Ios cuales podrán continuar la práctica inhumatoria en el interior de los templos). Los demás súbditos están sujetos al enterramiento en el caso de mantener la práctica, para ser trasladados los restos a un cementerio.
Sin embargo, la ordenanza carolina resultaba un tanto imprecisa y más teórica que práctica, al no dar las pautas para la construcción de estos nuevos recintos, ni reglas concretas para su ubicación, salvo la recomendación de situarlos cerca de ermitas y en lugares amplios y ventilados. Hubo pues, que recordar mediante otras sucesivas Reales Órdenes (1806, 1833, 1834 y 1840) la referida prohibición y construcción de camposantos, aunque en 1855 todavía carecían de cementerio 2.655 pueblos.
En Moratalla, al parecer, las autoridades eclesiásticas cumplieron la R.C. de 1787 porque en 1803 ya había cementerio. Efectivamente: el día 6 de enero de dicho año, siendo cura D. Pedro Baracaldo Quijano y teniente cura D. Diego Martínez Sahajosa, en virtud de comisión del señor teniente cura vicario de la Villa de Caravaca, D. Juan Marín de Espinosa, se bendijo la reedificada capilla-oratorio de San Andrés y tres días más tarde el cementerio, con la asistencia del Estado eclesiástico. Tanto las obras de reconstrucción de la capilla-oratorio de San Andrés como las del cementerio fueron costeadas con fondos procedentes de la propia Fábrica de la Iglesia, según consta en el libro 3º de Defunciones, por lo que los emolumentos pertenecían a la Parroquia.
El diez de enero de 1803 –con entierro de hospital- se da sepultura al primer cadáver en el nuevo camposanto: el de Pedro García Pérez, soltero, hijo de Fernando García Pérez y de Justa Ruiz, autorizando la inscripción el teniente cura D. Diego Martínez Sahajosa, según consta en el folio 203 vuelto del citado libro de Defunciones. Días antes –el 6 de enero- se enterraba en la parroquia –fuera de columnas- a la última persona, una mujer: Juana Martínez Mora, esposa de Pedro Fernández Guillén, con lo cual la iglesia dejaba de ser cementerio.
En esta época, siendo cura párroco D. Pedro Baracaldo Quijano, la Iglesia debió gozar de buena posición económica, pues además de reedificar la ermita de San Andrés y construir en su entorno el cementerio -según se ha indicado- se pavimentó también el suelo de la parroquia con 2280 baldosas. Por otra parte y como curiosidad histórica, es de señalar -según relata A. Rubio en “Cosas de Moratalla”- que en 1811, el citado párroco, ante la proximidad de las tropas napoleónicas, recogió la Custodia y otros objetos de valor y se escondió en el cortijo del Collado del Roble, permaneciendo allí mientras los franceses estuvieron en Moratalla, regresando cuando los soldados se retiraron de la población, celebrando -sigue apuntando A. Rubio- una misa en acción de gracias en la Hoya del Puntal.

José Jesús Sánchez Martínez
Cronista Oficial de la Villa
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