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DE LO QUE ACONTECIÓ  A DON QUIJOTE Y SANCHO EN LAS FIESTAS DE MORATALLA(1)

En un lugar del Noroeste murciano de cuyo nombre me acuerdo perfectamente, se celebra desde ha tiempo unas fiestas de reses bravas que tanto encantan a vecinos como a forasteros de todos sitios llegados. Al Santísimo Cristo del Rayo dicen que dedican las tales fiestas, en acción de gracias por el favor recibido en el milagro que produjo en 15 de Junio de 1621.

Las vacas, que no toros, aunque en años acá unas y otros componen la dicha fiesta, suelen quedar en un sitio del monte Benámor al que llaman Casa de Cristo, donde está la Ermita o Santuario del Patrono de la Villa. Pero eso es cosa de poco tiempo aquí porque antaño, el paraje donde quedaban los dichos animales, no era otro que La Canaleja.

Pues dicen que, llegados los días de la fiesta, casi al alba, salen las reses de ese sitio por la vereda camino de Moratalla, guiadas por cabestros y conducidas por gañanes, caballistas y gente de a pie. Y cuentan, que son muchos los vecinos y forasteros que acuden a las afueras de la población, al paraje que llaman Puente de Jesucristo, cerca de la Rambla de Aludio, en el monte Benámor, para ver el tránsito de los animales por la sierra, su breve descanso en la zona del río que llaman La Pujola y el paso por el Cerro Hilario hacia el Puente Viejo y otra vez por el río buscando el Camino del Cercado para entrar en la población, iniciándose así lo que los lugareños llaman “El Encierro”, donde las reses bravas recorren una y otra vez las calles del pueblo.               Sucedió, pues, que en su caminar por tierras de La Mancha hacia el Sur, Don Quijote y Sancho Panza llegaron a la Villa de Hellín, donde pernoctaron y, como Dios ayuda al que mucho madruga, al alba tomaron el camino que conduce a Socovos y de ahí a Benizar, ya en tierras murcianas de Moratalla. La cabalgata era dura y penosa con los primeros soles de Julio y los animales acusaban  la fatiga canicular. Bajo la sombra de una gran carrasca, en Las Fuentes, calmaron la sed y descansaron de la larga caminata, al tiempo que Sancho sacaba del costal lo suficiente para satisfacer su hambre y la de su amo. Y tan aprisa comía Sancho que no daba espacio de un bocado a otro, pues antes los engullía que tragaba, sin mediar palabra alguna.

En esto estaban hidalgo y escudero cuando el primero relataba la misión que le traía por esta Comarca: llegarse a tierras de Moratalla y librar a los vecinos de cornudos y feroces animales que les perseguían incluso por las calles del pueblo. Pero como es ligero el tiempo y no hay barranca que lo detenga, Don Quijote apresuró a Sancho para que aligerase la comida y dispusiese la partida, pues teniendo que cruzar la Sierra de la Muela, quería llegar a la Casa de Cristo antes que la noche les cubriera. Y así fue: a lomos del rocín y del rucio unas veces y otras andando, salvaron la Molata de Charán y vadearon el río Alhárabe, avistando el monte Benámor cuando las primeras estrellas empujaban a las últimas luces del día.

Desde muy temprano, cierto alboroto recorría aquél paraje: tintineo de cencerros, relinchos de caballos, mugidos de toros y vacas, sonidos extraños y poco habituales que se mezclaban con el cántico asombrado de aves silvestres y zumbido de insectos, unido a un ir y venir de gente que platicaba en medio del aquél inmenso bosque.

Como Don Quijote observara el trajín, pensó que llegado era el momento de actuar. Pero quizá fuese demasiado pronto y decidió que mejor no menear el arroz aunque se pegue,  esperando que el tiempo transcurriese a la vez que se unía a la cabalgata camino de la Villa de Moratalla por el sendero que los antiguos llamaban Las Cuestas. Gañanes y caballistas no pudieron por menos que disimular carcajadas cuando vieron la estampa del hidalgo sobre su rocín flaco y al escudero montado en su asno.

De esta guisa iban caminando vereda abajo, cuando Sancho percató a Don Quijote que aquella comitiva de gente y reses bravas se dirigían a Moratalla por motivo de celebrar sus fiestas, pero que no había feroces animales que dedicasen su fuerza contra los vecinos; y con tal de retirar la idea de la cabeza de su amo, añadió que quien busca peligro perece en él.

Pero el hidalgo de La Mancha hacía oídos sordos a las palabras de Sancho y cuando ya habían pasado de la carretera que conduce al Campo de San Juan, en ese trayecto que media hasta llegar al mismísimo Puente de Juan Blanco o de Jesucristo, debido quizá al calenturiento sol de aquél 11 de Julio, la mente comenzóle a dar vaivenes diciendo:

“La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o poco más, desaforados” dragones cornudos que prestos están para atacar a estas gentes. “…y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la Tierra.”

-“Mire vuestra merced –respondió Sancho– que aquellos que allí se parecen” dragones cornudos no son, sino toros y vacas bravas para las fiestas de Moratalla y no atacan a los vecinos, pues son ellos mismos los que se divierten corriendo delante y detrás como si un juego o desafío se tratase.

“Bien parece –respondió Don Quijote– que no estás cursado en esto de las aventuras;” pues, ¿para qué iba yo a venir aquí a Moratalla si no es para defender a estas gentes de las bestias que los acosan año tras año desde tiempo ha?

“Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo “Rocinante”, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba” ni tampoco las de gañanes y caballistas. Después que se encomendara a su señora Dulcinea,  arremetió contra vacas, toros y cabestros que, en un santiamén, se desperdigaron por los bancales del lugar huyendo despavoridos. Don Quijote perseguía la vacada gritando:

“No fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero, es el que os acomete.”

Las gentes que por allí contemplaban el paso de la comitiva, al ver el espanto de los animales, apresuraron sus pasos en busca de refugio corriendo en todas direcciones, subiéndose a las tapias y a los árboles que encontraban: olivos, almendros o albaricoqueros, que para el caso, lo mismo daba. Mujeres hubo que subidas a un pollizo, no  atinaban luego a bajarse; hombres de avanzada edad que apenas corrían, resguardábanse absurdamente tras cualquier arbusto. Y dicen que árboles minúsculos, con dos y tres personas encima los vieron, así como chiquillos de corta edad llorando en busca de su madre y madres gritando que dónde estaban sus hijos. Realmente, fue un gran estropicio.

Por fortuna, ningún herido hubo que lamentar. Don Quijote, en su carrera por los bancales, acertó a darse contra la rama de un olivo, siendo recogido por algunos vecinos que montándolo como pudieron en “Rocinante”, enfiláronle seguidamente para el pueblo, junto con su fiel escudero Sancho Panza que llevándose las manos a la cabeza, no dejaba de gritar:

-¡Válgame el Cristo del Rayo..!, ¡Válgame el Cristo del Rayo..!

Luego, una vez que se hubieron calmado las aguas y repuesto de sus magulladuras, Don Quijote de la Mancha y Sancho, invitados fueron en una y otra peña festiva, disfrutando de su hospitalidad, porque más vale el buen nombre que las muchas riquezas y para todo hay remedio, si no es para la muerte. Sancho, en vista de lo mucho que le obsequiaban, remató diciendo:

-Váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza, y sepan todos cuantos a Moratalla vinieren que llegados a esta fiesta, cuidado han de tener en el bebercio, pues sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado, ni guarda secreto ni cumple palabra. Y es que Sancho Panza estaba contento porque alguien habíale prometido nombrarle gobernador de una ínsula llamada Cerro de Moratalla la Vieja, situada en el océano de Las Cañadas…

 

 

  • No busque el investigador histórico un archivo donde aparezca este episodio de Don Quijote y Sancho Panza, pues solo existe en mi mente y expuesto aquí como recreación literaria.

José Jesús Sánchez Martínez

Cronista Oficial de la Villa

 

 

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