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PACO MORATA, EL HOMBRE QUE TRAÍA LA PRIMAVERA

 

No hacía falta consultar el almanaque ni preguntar a los pastores ni leerlo en La Verdad, Línea o la Hoja del Lunes. No teníamos que escucharlo en el parte de la radio ni esperar a que lo dijeran los hermanos Medina en el telediario. No era oficial, por supuesto, pero como si lo fuese.Incluso el alcalde lo tenía escrito en su agenda de inauguraciones. Se sabía que el invierno había terminado el día en que aquel hombre que hablaba con un acento extraño, el acento de su tierra alicantina, alzaba el cierre del pequeño local alquilado en los bajos de la última casa de la calle Mayor, la que conformaba con el cine Trieta nuestro particular “plus ultra”, las columnas de Hércules que daban fin, si no a la tierra conocida, sí al espacio más noble de la villa, aquel que recorríamos vestidos de domingo, en el que se concentraban los nazarenos a tocar el tambor, por donde corrían las vacas o desfilaban las procesiones y los entierros; el límite más preciso de un territorio formado principalmente por la Glorieta, la Calle Mayor, la Esquina Ladrillo, el Goterón, la calle de Abajo, el Cañico, el Patio del Convento y la Plaza de la Iglesia.

 

Aún no se había establecido de modo permanente entre nosotros.Aparecía, como las golondrinas, los aviones y las habas, unos días antes de la gran celebración de los tambores y, al igual que las aves, desaparecía con los primeros avisos del otoño, poco después de que el santo patrón hubiera recorrido en procesión las calles sinuosas del casco viejo el día de San Miguel. Venía con la familia: la esposa de pelo cardado, labios pintados de rojo chillón, rabo de rimmel en el ojo, igual que Lola Flores, y blanco delantal inmaculado; una hija adolescente de perturbadora belleza y un hijo zascandil y atrevido que pronto se integraría entre sus iguales, llegando a convertirse en una pieza clave del equipo de fútbol local.

 

Los días del invierno transcurrían en blanco y negro; flotaban en el ambiente los efluvios del alpechín, el humo de las estufas, el olor a humedad, a patatas asadas, a frito con pimientos, a cabrillas y sabañones, a leche condensada y achicoria, a calor de mesa camilla y brasero de ascuas, a sodas El Lobo, a manzanilla, carajillo y lechanís. Pero era abriral público aquel pequeño templo de la golosina y desvanecerse el olor a cerrado, la atmósfera sepia, el plomizo color de los paseos de domingo, el rancio paladar de los cartuchos de cascaruja, la insipidez de la gaseosa que llevábamos al cine. La tienda del chambi era un espacio de cristal y acero inoxidable, de limpieza y buenos olores, traídos algunos de otras tierras: chufas, avellanas, limones, chocolate, canela, café, vainilla, almendras, naranjas, menta, plátano…Veníamos de la calle con el invierno aún sobre hombros y salíamos con la primavera de repente florecida en nuestras manos: el color luminoso de los polos, la geometría perfecta delos cortes, la textura irrepetible delos coyotes, los sabores surtidos de las macetas con una, dos y hasta tres bolas de helado.Un panel cubría la pared de rincón a rincón. Detallaba los nombres, tamaños y precios de las infinitas presentaciones de aquel maná traído de Jijona para hacernos soportable la travesía del desierto verano. Había raciones para todos los gustos, para todos los bolsillos;nadie salía de allí sin su porción de chambi que llevarse a la boca.

 

Tenían las funciones muy bien repartidas: El hombre trabajaba en la trastienda, la esposa y la hija atendían el despacho y el hijo zascandil recorría la calle Mayor desde la Glorieta hasta el Goterón, los domingos a la hora de salir de misa, conel carrico del helado. Cuando no despachaba, pregonaba: “Un chambi, dos  reales”.Aquel pequeño corte de nombre extraño (al parecer, una deformación del inglés sandwich) daba nombre a todo el negocio y su dueño, Julián Garrigós, el hombre que venía con las golondrinas, los vencejos y la flor de los almendros, era conocido como “el tío del chambi”.

 

Algo extraño ocurría, sin embargo, con aquellos aromas, colores, texturas, sabores, con aquel aire fresco que traía a este rincón olvidado por donde no pasaban ni siquiera los feriantes. Sospecho que aquel hombre, encerrado en la soledad de su trastienda de chambilero  o alquimista, componía una mezcla heterogénea, un constructo volátil que, no sé si por voluntad o accidente,  dejaba escapara las calles; una fuga que flotaba sobre la brisa fresca de la noche, se metía de rondón en las alcobas, salía a pasear por los campos, se bañaba en las aguas de la balsa de San Juan, enredaba en las huertas,pintaba el color de las flores. Un ímpetu vital invadía de repente los reinos de rocas, animales y plantas, se llevaba las nubes del cielo, los efluvios viciados de las almazaras; hacía crecer el caudal de los ríos,se apoderaba del viento, arrastraba el serrín de las aserradoras, el polvillo de cáñamo que levantaba la lezna de los alpargateros pasando el hilo que apretaba y daba forma a las suelas;aventaba el polen, ponía a volar las abejas, se llenaban los nidos de polluelos, zureaban las palomas por los altos tejados…

Y de aquella manera sutil remataba el invierno,daba paso a la vida que traía con ella la recién inaugurada primavera.

One Response

  1. Paco Morata es inmenso.
    Se apodera de todo lo que ve su escritura, como si lo cogiera con sus manos y lo removiera a placer.
    Y por su escritura lo quisiera tener cerca siempre, para leer el mundo maravilloso que describe y que no está presente en el tiempo.

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