Cultura Noticias Opinión

O TEMPORA O MORES, PACO MORATA

En estos tiempos del aquí te pillo, aquí te mato, en los que me
cuentan que a veces se revelan los tatuajes de las ingles antes
que los nombres, seguro que pensáis que me invento lo que os voy
a contar. No es que yo tenga nada contra las relaciones sexuales
en ninguna de sus variantes, ni tampoco sobre la prisa o la pausa
que se aplique en su consumación, los adultos responsables,
siempre que haya acuerdo, pueden hacer lo que quieran, aunque
no está de más que sepan lo que hacen.
¿Aclarado? Pues prosigamos. Volvamos unos años en el tiempo,
hasta aquel tiempo ─ ¡ay, qué tiempo!─ olvidado de nuestros abue
los. Un tiempo de pana, de cáñamo y esparto; de mucho trabajo,
de frío, pan duro y tocino; de veladas tejiendo guita a la luz de un
candil, de cuentos de lobos y aparecidos al abrigo de la lumbre. Un
tiempo lento, sencillo, en el que los niños venían al mundo con to
da la vida escrita en la frente. Un tiempo de ritos, de hacer las co
sas “como Dios manda”, aunque el tema de lo que Dios manda o
no manda se merece un rato aparte. La sociedad era simple, las
leyes simples, la costumbre, entonces más que nunca, era ley.
Una sociedad de sota, caballo y rey donde los pasos llevaban su
orden y ¡ay de aquel que los equivocara!
Esto se aplicaba también a lo que concernía al sexo y el amor,
más exactamente, a la formación de las parejas, a los noviazgos y
los matrimonios, un asunto sin duda delicado. No olvidemos que
estaba asociado a la honra, la honra de la mujer y, con ella, el
buen nombre, el honor la de la familia. Había que andarse con pies
de plomo. La honra, como el virgo, una vez perdida, resultaba im
posible de recomponer. Por suerte, estaban perfectamente esta
blecidos los pasos que habrían de completar el camino que lleva
ba del deseo, al casamiento. ¿Amor? Sin duda lo habría en mu
chos casos, aunque en pocos fuera un factor determinante.
Aunque pertenezco a la generación puente entre la sociedad rural,
cerrada y tradicionalista, y la de miras más abiertas, más liberal en
las costumbres, más moderna, que trajo la tele; aunque no lo vivie
ra del todo en mis carnes, puede que, por no aplicarme como hu
biera debido, me quedara sin aquella rubia que tanto me gustaba.
Pero sea como sea, sí que lo conocí lo suficiente como para poder
contarlo aunque sea título meramente testimonial. Seguro que hay
alguien a quien le gusta recordarlo, y alguien que pueda precisar
algunas cosas que yo pase por alto. Así que entremos a detallar
los pasos de aquel caminito que llevaba del deseo hasta el altar.
1.- PRETENDER
Cuando a un “mocico” le gustaba una “mocica”, tenía que hacer
que corriera la voz discretamente, que se extendiera como un ru
mor del que nadie conocía el origen, por medio de hermanas, pri
mas o intermediarios de confianza, la noticia de que el zagal esta
ba interesado por la zagala, que la “pretendía”, pues esa era la pa
labra.
Una vez puesto en circulación, el runrún no tardaba en llegar, sin
llegar, a oídos de la moza. Al mismo tiempo, el galán comenzaba a
pasear los lugares por donde ella solía, haciéndose el encontradi
zo, dejándose ver, “vendiendo el pescao”.
No mucho tiempo después llegaba la respuesta, sin llegar. Otro
rumor trasmitido por canales clandestinos, no fuera a verse com
prometida la virtud de la muchacha. La respuesta solía ser favora
ble, siempre que el galán hubiese lanzado las redes dentro de su
propio caladero, aunque con frecuencia iba encaminada a corregir
el tiro, a orientar al galán rechazado in pectore en primera instan
cia, hacia aguas más favorables a su anzuelo, tierras más dispues
ta a recibir su semilla, hacia otra candidata más interesada, ya
fuera una hermana, una prima o una amiga de la inalcanzable.
Las mozas, aunque más vigiladas, sometidas a la autoridad, en es
te asunto lo tenían más fácil. Cuando decían, ese es para mí, lo
era, pues bastaba que llegara a las asabañonadas orejas del pre
tendiente el susurro de que tal o cual rapaza estaba por sus hue
sos, para que sintiese crecer en su pecho y más al sur la llamada
irrefrenable del amor.
ARRIMARSE
Una vez sabido sin saber, y dicho sin decir, que había tema, se
pasaba al punto dos, el acercamiento de los cuerpos. Acercamien
to, que no contacto, que habría de producirse a la luz del día y en
lugar público.
Arrimarse, se llamaba. Aprovechando la salida de misa, las idas y
venidas con el cántaro a la fuente, la colada en la acequia o el bai
le por las fiestas de la patrona, el rústico adonis confesaba su an
helos a la ruborizada ondina, que no estaba obligada a decir sí
para que fuera sí. Se sabía que le parecía bien si reía nerviosa y
no se negaba en redondo, aunque la señal más evidente de que
aquella pareja tenía futuro era que entrasen en un juego recíproco
de puyas, bromas y burlas menores. Pasaban entonces a hablarse.
HABLARSE
El joven, que había estudiado y conocía como la CIA , el Mossar o
el KGB, los hábitos y costumbres de su Ordelina, la esperaba to
dos los días a la misma hora y en el mismo lugar y la acompañaba,
como si el encuentro hubiese sido casual, hasta una distancia pru
dencial de los dominios paternos. Todo esto, claro está, en pre
sencia de al menos una amiga, familiar o hermana de demostrado
recato.
Más pronto que tarde el mocico, una vez comprobada la firmeza
del terreno que pisaba, a salvo de temibles arenas movedizas que
pudieran engullirlo, habría de confesar su amor y su deseo de for
malizar la situación, es decir ponerse novio con la mocica. A par
tir de entonces podrían decir que se habían echado novio, ella, o
novia, él. Otras combinaciones eran impensables en aquellos tiem
pos tan oscuros.
ENTRAR EN LA CASA
Poco después, si el muchacho contaba con la bendición de los fu
turos suegros, ganaría el derecho a entrar en la casa un ratico por
las tardes, después del trabajo, a pelar la pava. El término admite
cualquier actividad que la pareja pudiera hacer en ese tiempo,
siendo la más inocente la de hablar y contarse sus sentimientos y
proyectos.
Nunca me vi en tal situación ni conocí a nadie que, si la vivió, es
tuviera dispuesto a darme detalles, pero se contaba una anécdota,
no sé si cierta, pero que doy por verosímil, pues me resulta muy
útil para rematar este relato.
Se contaba que, en los meses de invierno, cuando los fríos apreta
ban, los padres de la novia se colocaban frente al fuego de la chi
menea, de espaldas a la pareja de prometidos, para los que se re
servaba el calor del brasero y las faldas de la mesa camilla. La ve
lada transcurría en semipenumbra, entre voces apagadas y movi
mientos contenidos de las manos escondidas debajo de la mesa.
Todo discreto y silencioso, hasta que en un momento determinado
se oía el chisporroteo inevitable de algo líquido derramado sobre
las brasas.
Transcurridos unos segundos, el pater familias decía “ya se va”,
se incorporaba de la silla baja de anea y daba por concluida la vi
sita.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *