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LETTERA 32, Paco Morata

Muchos años después, frente a aquella vieja Olivetti Lettera 32 que encontraría tirada en la acera de una calle en Can Vidalet, Mateo Saldaña
había de recordar los días remotos de su primer contacto con la libertad.
Aquella pequeña máquina, que tan común fuera en el ajuar de cualquier
estudiante de clase media, despertaría en su memoria la imagen amarillenta de los primeros cursos de universidad, el camino emprendido hacia una revolución personal que no tendría retorno, de igual manera que el país completaba las primeras etapas de un sendero algo errático hacia una nueva moral, un ejercicio civil de libertades y
derechos que iba muy por delante de lo que podía amparar la dictadura, el Régimen, que vislumbraba impotente la llegada del fin, su propia muerte, que habría de consumarse con la desaparición del tirano, que no podría demorarse mucho.
Una revolución impulsada en lo cotidiano por las mujeres, por aquella generación de muchachas doblemente oprimidas que decidieron romper con la tiranía que había sometido a sus madres a la pura obediencia, al desempeño de las labores propias de su sexo, como las llamaba la terminología franquista, de las que no se podían desprender aunque consiguieran empleos de la máxima cualificación
fuera del hogar.
Mateo había salido del internado convencido aún de las bondades de la doctrina cristiana, adaptado a la rutina aburrida de una sociedad que fiaba la felicidad al tránsito por un sendero de pasos acotados, de plazos por cumplir en un tiempo y un orden establecido: del nacimiento a la muerte, el breve paso por este, así llamado, valle de lágrimas, todo estaba regulado, todo era estrecho. Primaba el sacrificio sobre el placer, la resignación sobre la felicidad, la caridad sobre la justicia y el oscurantismo hipócrita sobre el amor y el sexo. Pero la sociedad estaba cambiando. Pocos creían en los postulados teóricos del Movimiento, aunque eso, en la práctica, careciera de importancia, pues la dictadura había conseguido imponer su rutina, una forma de vida que la mayoría había interiorizado.
No era la doctrina, tampoco la represión, lo que iba minando la fortaleza del Régimen, sino la imagen anacrónica del dictador apareciendo a todas horas por la pantalla de los televisores. Aquella imagen, que había dado bien en el NODO, en los muros desconchados de las viejas escuelas, dispersas por los pueblos en locales de baja calidad; en los despachos de alcaldes, jueces, o altos funcionarios; aquella figura marcial y presuntuosa estaba bien para las comisarías o los zaguanes de las casas cuartel de la Benemérita, pero no para la tele. La presencia del anciano enfermo y débil, fingiendo que pescaba; la mano temblorosa y la voz de tono bajo, hacían de él algo ridículo al yuxtaponerse en los telediarios con las hazañas de Santana, Orantes y Gimeno, las victorias de Ocaña en el Tour, el gol de Marcelino a Rusia, las copas de Europa del Madrid o las victorias de Guillermo Timoner en pista. Anacronismo que rozaba el esperpento al lado de la turista un millón, la llegada de “las suecas” o los viajes
al espacio del Proyecto Apolo. Algo se movía en los campus: junto a las charlas, excursiones y cantos de ardor patriótico promovidos por el SEU, el sindicato único de estudiantes, soplaba una melodía compleja; un caos hermoso en el que aparecían mezcladas notas de origen diferente: París levantaba los adoquines de sus plazas buscando una
playa, recordaba a los burgueses que no habían entendido nada, pedía que nos amáramos los unos sobre los otros, recomendaba la saludable práctica de abrir el cerebro tantas veces como la bragueta, nos regalaba las canciones de Brassens, Moustaki, Brel, abría el Olimpia a la poesía rebelde de los cantautores; de Lisboa llegaba el olor de los claveles, bayonetas civiles adornando las bocachas de los fusiles; Allende abría las calles de Santiago a la esperanza… Aparecían, como pequeños espacios de libertad, los grupos de teatro independiente, las salas de arte y ensayo, los cine fórums… en donde se burlaba la censura, aunque, con frecuencia, aquellos momentos de libertad fueran interrumpidos por la intervención de la policía, que mandaba desalojar, casi siempre con la porra en alto, en raras ocasiones, permitiendo el abandono de la
sala ordenadamente.
Era fácil ser progre, arrojarse en los brazos de Marcuse, Sartre, Borges y Cortázar, los libros de Losada, Tusquets, Visor o Ruedo Ibérico. La poesía se cantaba en las cuatro lenguas del reino; emocionaban por igual Llach o Pi de la Serra, Raimond, Imanol, Labordeta o Pablo Guerrero; corrían de mano en mano.

El mono desnudo, Miedo a la libertad, Paradiso o Tiempo de silencio y, por encima de todos Cien años de soledad, aquella primera edición de tapas blandas que Mateo llevaba allá donde fuera, como una señal de identidad, como un talismán, que derramaba su hechizo desde la primera frase: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo» .

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